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Campos agrícolas de Norteamérica son los campos de concentración modernos para jornaleras mexicanas

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Guadalupe M. Es originaria de Oaxaca, tiene 19 años y desde que tenía 15 años había estado intentando llegar a Estados Unidos, ya que tiene muchos amigos que han logrado establecerse en distintas ciudades norteamericanas, quienes le dijeron que sí hay trabajo y las ganancias son “mil veces mejor que en México”.

Fueron casi 10 veces las que intentó cruzar el río Bravo, pero siempre la deportaron y en algunas ocasiones ni siquiera pudo intentarlo. “Una vez unos chavos de la frontera me ofrecieron cruzar a cambio de pasar unos paquetes de droga, pero me dio miedo, les dije no, se me acabó el dinero no me dieron trabajo y mejor me regresé porque si no me iba a ir peor”, narra Guadalupe a Revolución TRESPUNTOCERO.

Ella comenta que hace un año logró llegar a Estados Unidos y consiguió rápidamente trabajo en un campo agrícola. Quien la contrató le explicó que las actividades iniciaban a las 5 de la mañana y terminaban hasta pasadas las 6 de la tarde. “Nos tratan peor que esclavos, nos hacen cargar tres veces más de lo que podemos, el agua que nos dan, cuando lo hacen, está sucia, nos enfermamos y la culpa es nuestra, si no llegamos nos corren, si llegamos y no hacemos las cosas como siempre, por la debilidad, también nos despiden”, asegura Guadalupe.

A la joven el hombre que la contrató, a las dos semanas de haber iniciado sus labores, le permitió salir dos horas antes, durante tres días seguidos, argumentando que la notaba cansada y que le ayudaría un día más para que pudiera “retomar energías”. En esas primeras ocasiones no hubo ningún tipo de insinuación.

El cuarto día el hombre tomó otro camino, ella comenzó a asustarse y le pidió que por favor no fuera a matarla. “Me dijo no te voy a hacer nada que te quite la vida, así para nada me servirías después”, también le dijo “no llores, que si te viniste sola hasta aquí sabía a que venías, aquí las mexicanas solamente sirven para entretenernos”.

Guadalupe hace una pausa, llora durante un momento, sin poder articular ninguna frase, está recordando nuevamente aquel episodio, que se repitió muchas ocasiones más a diario a partir de ese día. Ella asegura que “después de acabar la jornada yo sabía que la peor tortura todavía me esperaba, en muchas ocasiones le supliqué que ya no me lastimara más, que si quería me iba, pero me dijo que no me dejaría hacerlo jamás, me dio mucho miedo, porque no sabía de qué era capaz y hasta creí que me vigilaba”.

Eso era lo que no la dejaba atreverse a escapar, después de tres meses supo que había estado embarazada, ya que el día que se enteró fue el mismo que padeció un aborto espontáneo, al cual atribuyó la clínica donde la atendieron, su esterilidad. Una semana después regresó a la Villa de San Blas Atempa.

A diario cientos de miles de mujeres y niñas mexicanas se incorporan al trabajo en los campos agrícolas de Estados Unidos, ya sea en las plantas de empaque o en establecimientos de producción, donde se enfrentan a un riesgo grave de violencia y acoso sexual.

Según informes de Human Right Watch (HRW), después de haber realizado investigaciones y entrevistas a trabajadores agrícolas, productores, funcionarios encargados de la aplicación de la ley, abogados, proveedores de servicios y otros expertos en establecimientos de trabajo agrícola, se dio a conocer que todos identificaron a la violencia y el acoso sexual como un factor cotidiano.

Varias trabajadoras agrícolas, denunciaron haber sufrido violaciones y otras formas de conducta sexual coercitiva. Ángela G., una madre soltera de California, contó a HRW haber sido violada por un supervisor que posteriormente la amenazaba a diario‪‪‪‪.

Una joven indígena mexicana de 18 años, que no hablaba inglés y apenas se expresaba en español, denunció haber sido violada. Muchas otras trabajadoras agrícolas denunciaron incidentes de humillación, acoso persistente a través de manoseo sin consentimiento, presión para mantener relaciones sexuales y hostigamiento verbal.

Una mujer en Nueva York contó que recolectaba papas y cebollas bajo las órdenes de un supervisor que tenía la costumbre de manosear a todas las mujeres y, si intentaban resistirse, las amenazaba con llamar a las autoridades de inmigración o con despedirlas. Susana J., trabajadora agrícola que cosechaba brócolis, contó: “Las mujeres no se pueden vestir normalmente… piensas, ‘por Dios, ¿qué sucederá si me pongo esto?’ Y es así como los acosadores terminan afectando tu vida cotidiana, porque prefieres vestirte como hombre”.

Nathalia San Román, activista y colaboradora del Centro de los Derechos del Migrante, en Estados Unidos, asegura a Revolución TRESPUNTOCERO que “los campos agrícolas de Norteamérica son los nuevos campos de concentración modernos para jornaleras mexicanas, aunque todos los migrantes por igual son humillados y esclavizados, pero como en todos los casos de discriminación, las mujeres son las que padecen mayor vulnerabilidad, en esta grave situación el abuso sexual es constante el cual es acompañado del físico (los golpes) y el psicológico (los insultos verbales), lo cual sin duda podemos catalogar ya como tortura”.

La activista señala que en principio los jornaleros viven en forma precaria, con un salario ínfimo (aunque pareciera que por ganar dólares esto no se visualiza), sus áreas de trabajo son las más peligrosas, no tiene ningún derecho laboral, tampoco le es ofrecido algún tipo de vivienda mientras se encuentra laborando, por el contrario del mismo sueldo, en la mayoría de los casos, tiene que salir una renta, nula seguridad social.

“Aproximadamente cada año poco más de 4 mil jornaleros sufren intoxicación por pesticidas, las mujeres por su complexión física son más propensas a padecerlas, principalmente las niñas. Se ha conocido casos en campos de cultivo de Carolina del Sur, donde las mujeres son obligadas a trabajar jornadas de 12 horas sin descanso, los siete días a la semana, siempre vigiladas por hombres armados”, asegura San Román.

Sobre el tema el antropólogo social Antonio Bahena, asegura que las comunidades indígenas son las principales “proveedoras” de mujeres y niñas que tienen como destino los campos de cultivo de Estados Unidos. “Ellas al llegar buscan los sitios donde haya cosechas, llevan dinero porque les cobrarán una cuota para darles un espacio, pero lamentablemente también abusan de ellas sexualmente, una adolescente chiapaneca originaria de la comunidad Santa Rosa, narró para la investigación que realizó sobre Abusos y migración indígena en campos agrícolas del sur de Estados Unidos, que padeció abusos por parte del capataz, de los vigilantes y de quien la contrató, en varias ocasiones, hasta que puso escapar.

Regresó a su comunidad con serios traumas físicos y psicológicos, con los cuales viven el resto de sus vidas, provocando que no puedan continuar con una vida normal, quienes se interesan en estos temas tienen que penetrar en los lugares más lejanos de las comunidades indígenas para poder localizar a quien desee dar a conocer su historia y recibir ayuda, a partir de ahí brindar terapias psicológicas y físicas, esto para quienes regresan, porque a diario miles de mujeres sobreviven calladas condiciones inhumanas, que en muchas ocasiones las llevan a la muerte.

Este tipo de fallecimientos se conocen por los testimonios de las mujeres que se regresan y que aseguran que el miedo a morir por las arduas jornadas, los continuos abusos físicos y sexuales las instan a intentar escapar, son las adolescentes y jóvenes menores de 30 años quienes padecen mayormente los abusos sexuales y todo tipo de hostigamiento, que incluyen constantes tocamientos no consentidos”.

Bahena explica que los supervisores pueden ejercer su control sobre las tareas y lugar de trabajo de las víctimas a fin de poder tener un fácil acceso al daño sexual, pocas se atrevan a denunciar y por si solas nunca sus testimonios tienen credibilidad, cimplemente porque carecen de documentación inmigratoria, y su identidad racial y/o étnica, esto también sirve de amenaza, ya que los perpetradores pueden evitar que las víctimas busquen ayuda diciéndoles que nadie les creería si hacen una denuncia, lo que provoca el silencio y el más grave de los daños.

“El país de los Derechos Humanos brinda protección a uno de los tres trabajos de mayor peligro en los Estados Unidos, debido al arduo trabajo físico, exposición a los pesticidas y equipo peligroso. Las campesinas están en gran riesgo de enfermedades respiratorias y dermatólogas; deshidratación, y enfermedades del calor; dolor crónico de los músculos y del esqueleto, sin embargo muchas trabajan teniendo embarazos avanzados, después las corren.

Puntualmente sobre este tema no se tiene un plan gubernamental trazado y practicado, es un problema que existe pero se encubre, porque siendo realistas hemos tenido gobiernos tibios y cobardes que tiemblan ante la hegemonía que permite y protege las violaciones de miles de mexicanas”, puntualiza Bahena.

Patricia es mexicana y llegó a Estados Unidos a sus 21 años. Ella forma parte de una mayoría de migrantes que laboran en los campos agrícolas, por ser un trabajo al que es más fácil de acceder, así fue como se empleó en la cosecha de la almendra.

El mayordomo, quien se encarga de contratar y vigilar a los trabajadores y sus actividades, era también quien los recogía y terminada la jornada de trabajo (al finalizar el día), los llevaba a una gasolinera cercana. Patricia afirma que en distintas ocasiones el hombre le ofreció alimentos y otros enseres, ella siempre se negó porque le “molestaba bastante”, ya que no creía que fuera desinteresado.

Los primeros días el mayordomo le aseguró que ella siempre tendría el trabajo, porque él decidía quien se quedaba y quien no. Solamente habían pasado tres días de laborar en los campos agrícolas cuando, después que este hombre dejó a los trabajadores en la gasolinera, a ella la detuvo y le dijo que tenían que buscar un dispensador de agua, hecho que solamente fue una mentira de la que se valió para llevar a la muchacha a un campo alejado.

“A partir de ese momento, no dijo más nada, sólo me miraba insistentemente. Yo llevaba un sombrero y un pañuelo que me cubría el rostro, y él dijo, ‘¿Qué tienes allí?. Y supe que quería hacerme algo”.

Patricia describió a este hombre como “obeso y muy grande”. Contó que se subió encima de ella y usó el pañuelo para sujetarle las manos a la manija ubicada arriba de la puerta de la camioneta. Luego, según relató, “Me quitó la ropa y me violó… Me hizo mucho daño”.

Patricia no contó a nadie lo sucedido. Dijo al respecto: “Me sentí muy triste y sola”. No tenía familia en Estados Unidos, pero tampoco se comunicó con los familiares que dejó en México y que la habían ayudado a llegar a Norteamérica.

La joven siguió trabajando en esa misma granja, no podía abandonas el empleo ya que durante el invierno era aún más difícil encontrar otras opciones; los abusos continuaron. “Siguió violándome y yo lo permití porque no quería que me golpeara, no quería sentir dolor”. Finalmente, Patricia descubrió que estaba embarazada. Se enteró que podría solicitar prestaciones por discapacidad y acudió a una oficina del servicio social, donde los empleados le preguntaron si tenía pareja.

Ante esa pregunta, les contó todo lo sucedido y en esta agencia la ayudaron a presentar una denuncia policial, sin embargo, Patricia afirma que el mayordomo nunca fue juzgado, ni condenado por el delito. Testimonio integrado a la investigación La vulnerabilidad de los trabajadores agrícolas inmigrantes frente a la violencia y el acoso sexual en Estados Unidos, realizado por Human Right Watch (HRW), en poder de Revolución TRESPUNTOCERO.

Les dije todo a los dueños del rancho, pero desafortunadamente, ellos no le prestan mucha atención a una mujer que es trabajadora agrícola. A nadie le importa lo que te suceda; tú sólo vienes y vas como un trozo de basura”.María Reyes, víctima de abusos sexuales en campos agrícolas norteamericanos.

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