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¿Qué es lo que podría ganar en las próximas elecciones federales?

David Pavón-Cuéllar

Lo que podría ganar en las próximas elecciones federales no es tan sólo Andrés Manuel López Obrador. Es algo que se encuentra más abajo y que viene de más atrás. Es una historia de victorias derrotadas: la independencia inconclusa, la revolución interrumpida, la constitución inaplicada, la justicia incesantemente postergada. Es lo que ha quedado pendiente, lo cada vez más urgente, lo que se espera con impaciencia.

Es al mismo tiempo la esperanza, lo esperanzador, lo esperanzado. Es lo que aún resiste: la oposición que no se deja cooptar, la muchedumbre que no es acarreada, el pueblo que no se da por vencido. Es el contenido mismo de la democracia. Es la sociedad que vuelve a creer en algo, quizás con ingenuidad, pero también con sinceridad y con dignidad –y es también por esto, aunque sea tan sólo por esto, que merece nuestro voto.

Son los votantes por los que resulta difícil abstenerse de votar: el pobre que tendrá el valor de no vender su voto, el hambriento que rechaza dignamente la despensa que le ofrece un partido político, el obrero que ha tenido la fuerza de pensar en las elecciones tras una jornada laboral agotadora, la maestra que lucha y no sólo madruga, la trabajadora que ha entendido por qué se empobrece más cuanto más trabaja, el campesino que imagina otro mundo más justo mientras cultiva su milpa, el minero que reflexiona sobre su explotación mientras enriquece a sus patrones, el universitario que sale a las calles a protestar porque no sólo estudia lo que hay en su libreta.

Los votantes no se distinguen claramente de aquel por el que votan. Es como si la figura de López Obrador condensara súbitamente a estudiantes desdeñados, maestros humillados por la reforma educativa, intelectuales incomprendidos, luchadores calumniados y reprimidos, periodistas acallados, miserables despreciados, jornaleros olvidados, indígenas marginados, ancianos desechados y madres ignoradas por quienes deberían dedicarse a buscar a sus hijos desaparecidos. Lo que muchos descubren en López Obrador es lo que son y lo que les quitaron, el rostro que les borraron en las últimas décadas, la identidad que andan buscando y que de pronto reaparece a través de la fisonomía de quien parece predestinado a convertirse en caudillo.

López Obrador encarna de algún modo lo que somos. Nosotros, los desposeídos, nos identificamos fácilmente con aquel a quien ya se le despojó de la presidencia en 2006. Al votar por él, intentamos votar por nosotros y por la tierra que nos han saqueado, por México y por los mexicanos, por Latinoamérica y por nuestros hermanos latinoamericanos. El voto nos vuelve hacia nosotros mismos, nos hace recordar lo que somos, consigue sacarnos del olvido en el que nos ha hundido el capitalismo neocolonial y neoliberal de las últimas décadas.

Somos los que nos redescubrimos en la memoria. Somos los millones que de pronto nos estamos entendiendo. Somos los que venimos a confluir en ese movimiento en el que extrañamente hay obreros y no sólo empresarios, gente honesta y no sólo deshonesta, militantes idealistas y no sólo políticos oportunistas. Es verdad que también están ahí los guiados por su oportunismo y por su deshonestidad, pero es porque hay de todo.

El movimiento es como lo que somos, tan variopinto, contradictorio e imperfecto como nosotros. Los vectores y los colores tienden a oponerse y neutralizarse. El resultado es gris, confuso, vago. No hay en él ninguna radicalidad. Apenas puede llamarse de izquierda. No es anti-capitalista ni todo lo demás que hubiéramos querido. Es poco, sí, muy poco, pero por algo se empieza. De cualquier modo, al menos por ahora, es lo más a lo que podemos aspirar. Es lo que nos dejaron de todo lo que fuimos, lo que no pudieron suprimir, lo que tampoco lograron corromper. Es el resto de nuestra dignidad. Y, por más pequeño que sea, es tan grande como sólo puede ser lo más pequeño. Es, por ejemplo, el heroísmo invisible de los miserables que no venden su voto a ningún precio.

Lo que podría ganar en las elecciones constituye algo tan grande que no podría jamás tener cabida en un líder ni en un gobierno. Es lo representado que desborda su representación. Es lo que tal vez haga que López Obrador termine decepcionándonos. Es lo mismo que nos hace votar por él.

Es lo que somos por ahora. Es lo que puede hacer que lleguemos a ser mucho más. Es tan sólo un primer paso, pero también un paso más de un largo camino. Es ya el camino.

Es algo que no sólo se llama López Obrador, sino que tiene millones de nombres desconocidos, pero también algunos bien conocidos: Lázaro Cárdenas y Francisco J. Mújica, Demetrio Vallejo y Valentín Campa, Othón Salazar y Herberto Castillo, Rosario Ibarra y Cuauhtémoc Cárdenas. Es lo que resuena en todos estos nombres, pero es también el afán de recordarlos. Es la memoria de lo que somos. Es lo que somos.

Es la terquedad y la desconfianza del viejo pueblo ante las artimañas del señorito bien educado. Es la desconcertante inteligencia de los millones que no se dejaron ya ni manipular por los medios ni engañar por las palabras y sonrisas de los políticos profesionales. Es una conciencia colectiva recobrada. Es pensar juntos y así compartir una idea tan simple como complicada. Es ya la igualdad a la que aspiramos. Es una corriente de comprensión que atraviesa clases y grupos. Es lo que nos permite comprender lo que aquí estoy escribiendo.