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La violencia contra lo femenino

El odio a la mujer
—no sólo experimentado por los hombres,
sino también por las mujeres—
es consecuencia de la imposibilidad
de aceptar la diferencia radical,
por eso se la difama (dit-femme:
‘se la dice mujer’).
Jacques Lacan

En el marco de la construcción de un concepto de “violencia feminicida”, es preciso pensar e interpretar la violencia contra lo femenino, para poder definir y proponer nuevas y efectivas políticas públicas, proyectos, programas y estrategias, que permitan implementar medidas de hondo calado, que consientan en la superación y erradicación de la violencia feminicida en Michoacán, en México y el mundo, para pasar del pensamiento sobre la violencia hacia lo femenino a la prevención y acción contra la violencia hacia lo femenino.

Desde el principio, Sigmund Freud pone de manifiesto que la violencia está en el corazón de lo humano, pues lo inhumano está en las entrañas de lo humano, por lo que provoca una atracción irresistible. Una violencia que llama Pulsión de Muerte (Todestrieb), que tiende hacia la destrucción. Un empuje tendiente a la satisfacción de la agresividad. Una violencia que aparece en un primer momento asociada a un suceso traumático, provocando un síntoma neurótico, a través de la sexualidad que irrumpe violentamente por la acción “perversa” de un adulto sobre un niño indefenso.

Años después, Freud abandona parcialmente esta teoría, pero no la concepción de una violencia inseparable a la sexualidad. En sus Tres ensayos de teoría sexual (1905), propone el concepto de pulsión para lo humano, a diferencia del instinto animal, un elemento antinatural que introduce una violencia radical entre los seres humanos y el mundo. Ya la pulsión de vida (Lebenstrieb) introduce la violencia porque no asegura una armonía natural entre el sujeto y el objeto, que instaura un eterno desencuentro con el objeto buscado, que entra en disputa y se convierte en la fuente de la violencia por excelencia. En el origen del sujeto del deseo está la violencia, producto del doble crimen de Edipo: el incesto y el parricidio, que atan el deseo a la culpa, que introduce el erotismo bajo la forma de un sentimiento inconsciente de culpa, como necesidad de castigo.

A partir de 1920 la cultura ya no es la causa de la infelicidad humana, sino el orden del lenguaje, que permite el lazo social a través del amor, Eros —dice Platón— que todo lo reúne y crea unidades cada vez más amplias: parejas, familia, pueblo, nación, mundo. Pero Eros, la pulsión de vida, exige el sacrificio del goce, un exceso de placer que colinda con el dolor y la muerte, en nombre de la unidad social, amenazada por el fracaso del “ideal del yo”, un punto de identificación simbólica (padre, líder, maestro, Dios, bandera, escudo, santo patrono, el equipo de fútbol, etc.), que posibilita el sentimiento de “comunidad”.

La pulsión de muerte atenta contra los lazos que el símbolo impone para mantener el orden social. Se trata de un fracaso que conduce a Freud a postular que la violencia es inseparable de la cultura, que encarna la lucha entre Eros (reunión) y Thánatos (destrucción). Un antagonismo que es el motor de la historia. Una violencia que se manifiesta tanto en las fuerzas destructivas como en la creación y la innovación.

La ley no es opuesta al crimen, tiene su lado “oscuro”, su dimensión irracional, incomprensible, obscena y feroz, cuya verdad Freud bautizó con el nombre de Superyo. Se trata de un contrasentido en la ley, pues al nombrar lo “prohibido” lo provoca, lo promueve e incita.

Pero hay una forma de violencia que consiste en la exclusión del Otro, el diferente —identificado con el mal— que debe ser segregado: “No conozco sino un solo origen de la fraternidad —digo humana, siempre el humus—, es la segregación. […] Simplemente en la sociedad […] todo lo que existe está fundado sobre la segregación y, en un primer tiempo, la fraternidad” (Lacan, L´envers de la psychanalyse, París, Seuil, 1991:132). La segregación que produce una fascinación insoportable que ejerce el goce supuesto al Otro, encarnado míticamente en Freud por el padre primordial que debe ser segregado del clan por los hijos para que lo pueda fundar.

Una relación del yo con el otro que es imaginaria y donde hay un mal que amenaza al yo: el otro, el semejante como espejo. El otro es el mal, porque es y no es yo: puede ser yo, pero una “pequeña diferencia” puede crispar la rivalidad narcisista, que tenderá a resolverse en la agresión y hasta en el exterminio, que siempre es autoagresión.

Un modo imaginario de relación que se caracteriza por el desconocimiento de sí, que percibe en el otro el mal del mundo, y que tiende hacia el suicidio, pues pretende eliminar el mal que está en el otro golpeando la propia imagen. Un desconocimiento de sí que lleva a poner en el otro lo que los griegos llamaban el kakon (el mal), que no puede percibir en sí mismo: por ello lo que golpea no es otra cosa que el kakon [el mal] de su propio ser” (Lacan, “Acerca de la causalidad psíquica”, Escritos 1, México, Siglo XXI, 1995:165).

Pero, ¿con este modo imaginario de la relación del yo con el otro, existe alguna posibilidad de coexistencia pacífica de ambos? Sí, una coexistencia que sólo es posible por la función simbólica que se concreta en el pacto como prenda de paz. Porque el símbolo es lo que media entre dos partes y posibilita el reconocimiento. Se trata del papel mediador de la palabra, como símbolo por excelencia que instituye el acuerdo, que puede evitar el enfrentamiento a muerte.

La violencia no estalla cuando algo se pierde en la realidad sino cuando “hay demasiado”. Las manifestaciones verbales que la desencadenan señalan a ese “haber”: “hay demasiada corrupción”, “ya es el colmo”, “esto es excesivo”, un exceso que llamamos lo inmundo. La violencia es contra lo insoportable del exceso, que se le supone al Otro, en este caso a las mujeres. Expresión del odio a la diferencia, a lo absolutamente diferente: lo femenino, que también está en los hombres.

El psicoanálisis revela que uno de los nombres de lo in-mundo refiere al mundus latino: la mujer. Si la mujer requiere de atavíos para ser y estar en el mundo, es porque ella ha sido imaginariamente como lo in-mundo por excelencia. Lo que permite comprender por qué es el objeto privilegiado de la violencia. Una diferencia insoportable que la convierte en objeto de adoración y violencia.

Hacia un más allá de la violencia de género exige reconocer que hay violencia contra las mujeres cuando Lydia Cacho la denuncia y en lugar de escucharla la violentan. Que hay violencia en el hospital cuando las mujeres requieren de los médicos y enfermeras y se burlan de ellas. Hay violencia porque la Suprema Corte de Justicia tardó cinco años en aceptar la violación en el matrimonio. Violencia porque el trabajo de las mujeres vale menos que el de los hombres. Violencia que no se apacigua con más y más armas, ejército y policía, sino instaurando un auténtico Estado de Derecho, legal y legítimo. Violencia política cuando las mujeres son concebidas como lavadoras con dos patas. Violencia religiosa si se sostiene sin bochorno que un espermatozide es un ser humano, cuando el Evangelio dice que un ser humano es un ser humano hasta que Dios lo nombra en el bautismo. Violación de las mujeres humildes porque el código militar deja impunes estos delitos. Violencia contra las mujeres cuando se contrata sólo a hombres hasta en la Universidad (modelo de universalidad), humanismo e inteligencia. Violencia comercial, pornográfica, que pone en venta el cuerpo de las mujeres. Violencia porque quienes se dedican a prostitución infantil están libres.

Violencia porque el 30 de noviembre de 2006 se justificó la desaparición de la fiscalía especial para los crímenes del pasado, porque se había agotado la materia objeto de su trabajo. Vergonzante porque en comparación con otros países, México todavía no se indigna lo suficiente por las mal llamadas “muertas de Juárez”, o del Estado de México, o Michoacán, cuando fueron asesinadas, ni clama por erradicar la impunidad en todos los órdenes y hacer un ajuste de cuentas con el pasado, para que pueda haber un futuro posible para México, como Ricardo Lagos en Chile, Néstor Kirchner en Argentina y Tabaré Vázquez Rosas en Uruguay, en respuesta a la indignación de sus pueblos, que han dado el ejemplo al mundo de la importancia que tiene para un país procesar su pasado histórico, para poder ofrecer a la nación un futuro prometedor.
Violencia también si las mujeres asumen su papel de víctimas o se las victimiza con fines comerciales o políticos; porque sólo se puede ir más allá de su sometimiento si se ofrecen espacios donde se pueda verbalizar lo que ponen para seguir siendo violentadas.

Un más allá de esta violencia que no terminaría de enumerar, y para la que no propongo una Utopía, un lugar que no existe, sino Eutopía, un buen lugar en el que las ciudadanas puedan proponer programar de políticas públicas y evaluarlos, para resolver la problemática de las mujeres, para lo que es preciso que el gobierno y las mujeres caminemos paralelamente, para poder dar respuesta a las demandas específicas, a través de programas gubernamentales que coordinen las ciudadanas, los consejos populares y las organizaciones civiles, para que las demandas de resolución de problemas y los problemas mismos no se congelen en las instancias de las mujeres y el Estado.

Más allá de la violencia para que las mujeres en México impulsen una política de género que reconozca tres asignaturas pendientes: 1) una vida democrática participativa que se exprese en la vida cotidiana de la familia, escuela, trabajo y la sociedad en general, no sólo a través de una democracia representativa y electoral, sino privilegiadamente participativa; 2) un programa económico que no se reduzca a insertar a las mujeres en la vida productiva como mano de obra explotada, acompañada de la utilización irracional de la naturaleza, sino en un trabajo bien remunerado equitativo y valorado que promueva un desarrollo sustentable, en un ambiente equitativo e igualitario; 3) unas políticas públicas que respondan a las demandas de la agenda social: la seguridad social, la protección digna de la maternidad, la lactancia, la infancia, la juventud, la madurez y la tercera edad, desde la Educación Preescolar hasta la Universidad y Tecnológico, reconociendo los derechos de las mujeres a decidir sus destinos, a la educación, la recreación, la salud pública, la justicia puntual y expedita, así como la protección de las garantías individuales.

Más allá de la violencia para reconocer y evaluar las fuentes de riqueza propias y las posibilidades de producirla racionalmente con recursos y tecnología propios. Una riqueza que es impensable e imposible de producir sin considerar como prioritaria la riqueza cultural. Más allá de la violencia, donde las mujeres caminen al lado de un Estado y de una instituciones dirigentes y planificadoras, sustento de la soberanía nacional, a través de un diálogo permanente y entendimiento democráticos.

Un más allá de la violencia donde sea posible la protección social y la seguridad pública que, fundadas en un Estado de Derecho, no permita el imperio del derecho de Estado, en el que el autoritarismo y el totalitarismo decide la militarización del país, sin el consentimiento del pueblo, sustento de la soberanía nacional, y sin la autorización del Poder Legislativo, poniendo en peligro la integridad física de las mujeres y los ciudadanos en general.

Un más allá de la violencia de género que impulse una nueva planeación de la seguridad pública y de la protección ciudadana, a través de una educación en valores, una cultura cívica fundada en la solidaridad, un programa de prevención del delito, el combate al crimen organizado más allá de la patraña gubernamental (que no utiliza servicios de inteligencia ni desmantela redes financieras), y que ha conducido a la impunidad y a la descomposición moral de la sociedad.

Más allá de la violencia contra las mujeres, sin victimizarlas, por las mujeres de Michoacán, México, Latinoamérica y el mundo, por el deber de encender lámparas para nosotras y las que vienen detrás.

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