HomeCorazón 3.0Francia 1, Perú 0: La serenata del joven aviador

Francia 1, Perú 0: La serenata del joven aviador

Uno de los muchos memorables pasajes que integran esa obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry que es “Tierra de hombres”, describe el temprano periplo preparatorio del piloto a quien la compañía aérea de correos le ha asignado para esa jornada su primer vuelo. La noche previa, no bien recibida la noticia, el novicio va primero en busca de un experimentado compañero, veterano lobo de los siete vientos, para cobijar la emoción, el susto y la duda bajo su experiencia, sus alentadoras palabras, sus consejos; y luego vuelve a casa pensando en las misivas de todos aquellos hombres y mujeres que se cruzan con él sin saber que, quizás, él llevará mañana hasta el otro lado del mar (por encima de nevados montes, mares infinitos, ciudades diminutas, desiertos y valles), guardada en cualquier sobre, significativa parte de sus mayores esperanzas, sus más íntimas confidencias, sus más celosos secretos.

Ya trepado de madrugada en el ómnibus de la compañía que lo conduce al encuentro con su destino, entre trabajadores administrativos olorosos a archivo, burocracia y modorra, el narrador se comprende a un tiempo su igual y su hermano, y a la vez una privilegiada excepción que en unas horas estará encarando nariz con nariz nubes tormentosas, cráteres de volcanes, kilómetros de vértigo en caída libre.

Se siente privilegiado, se siente osado, se siente feliz; pero en esa medida también tiene miedo, zozobra, piensa que aún no está listo.

Hace unos días, luego del incierto debut de la seleccionado francés contra Australia, como analista en un programa televisivo, el ya mítico Iker Casillas recomendaba con juicioso sentido no olvidar que, pese a sus rutilantes nombres, sus contratos millonarios, sus renombrados clubes de élite, la mayoría de los jugadores franceses son tremendamente jóvenes, y se hallan apenas frente a su primera experiencia mundialista; una experiencia para la cual no vale a menudo ninguna antecedente gloria, ningún aprendizaje previo (pregúntenselo si no al Maradona de España 82).

 Francia tiene el promedio de edad más bajo de todos los equipos participantes en la Copa. Y la verdad es que eso se nota. Y la verdad es que eso, tanto para bien como para mal, explica muchas cosas, aunque en última instancia, si la aventura no resulta bien, a Didier Deschamps no vaya a alcanzarle como excusa para justificar nada

A esta joven y talentosa tripulación aviadora, aun cuando consiguiera alzarse con la victoria, le pesó el primer partido. Como el narrador de “Tierra de hombres”, sus integrantes no se sentían seguros de sus sabidurías, de sus aprendizajes, de sus ensayos y de sus recursos.

Hoy, ya apurada la indispensable dosis amarga de ese trago inicial, pudieron mostrar a plenitud el otro lado de la moneda: el despliegue jubiloso, arrebatado y por momentos hasta socarrón de sus virtudes. Su juvenil descaro, sus prodigiosas capacidades técnicas, sus prestidigitadores lapsos de conexión colectiva. Durante los primeros cuarentaicinco minutos del encuentro han dado un partidazo, que en automático pasó a reunirse con las presentaciones de España y México como principalísima prenda de lujo de esta primera fase. Y tocó justo a su joya de 19 años, Kylian Mbappé, encabezar el concierto. Sin achicarse frente a una escuadra peruana que salió a morirse cara al sol, frente a una hinchada mayoritariamente sudamericana que no cesó de presionar un solo instante, frente a un Paolo Guerrero que apeló a toda su experiencia para tratar de violentarlos y sacarlos de quicio.

Para la segunda mitad, estos jóvenes franceses fueron disciplinados. El jefe Deschamps les indicó bajar la intensidad, tirarse un poco atrás, aguantar la embestida rojiblanca, amenazar al contragolpe. Y se les veía en los rostros la aplicación, la concentración, la juventud, el respeto. Porque, a lo menos a mí, me resulta nítido que el interior del vestidor galo debe tener algo de salón de clases o de taller de artesano; y que cuando habla el viejo maestro, el viejo lobo de mar, el veterano de vuelta de todas las batallas (quien en sus tiempos ejerció casi siempre como tenaz escudero nada menos que del legendario Zizou), los demás callan, aprenden y se esmeran en acatar.

A Griezmann le dicen “El Principito”. Pravard juega de lateral portando todo el tiempo el rostro y el desgarbo de Rimbaud. Mbappé tiene en los ojos todavía la dulzura de los heroicos adolescentes dickensianos. Y hay en la zangaruta elegancia de Pogba no sé qué de intensidad rijosa a lo Huck Finn.

No sé como vayan a resolver estos muchachos, ya no su primer vuelo, ya no su primer aterrizaje triunfal, sino su primera auténtica tormenta, su primera genuina avería en el motor y el fuselaje. No sé si la presencia, la autoridad y las indicaciones del jefe Deschamps desde la torre de control alcanzarán entonces para permitirles solventar esas inclemencias de calado mayor que corresponden a las instancias decisivas del torneo. O si deberemos aguardar cuatro años para verlos madurar, para verlos transmutar verano la prodigiosa primavera que hoy representan, convertidos entonces sí en inobjetables favoritos al título.

Hoy, como en las mejores páginas de Saint-Exupéry, han demostrado que son no sólo una bella promesa, sino una promesa en la que puede creerse.

Imagen TodoSport

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