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Jacques Derrida: Fe y Saber, las dos fuentes de la religión

¿Padre, por qué me has abandonado?
Jesús de Nazaret

En el horizonte de la Semana Santa, nada como pensar en el imperioso encuentro entre la fe y la razón, por milenios separadas por un abismo. Para ello, nada como tratar de interpretar la lectura que hace el filósofo francés Jacques Derrida en su ensayo “Fe y saber. Las dos fuentes de la “religión” en los límites de la mera razón (Derrida, La religión, La Flor, 1997:7-129). Un texto en el que Derrida tiene el gesto de pensar la religión hoy, sin abandonar la tradición, para poder leer lo que se ha dado en llamar “el retorno de la religión” en el marco de la mundialización de la teletecnociencia.

Su punto de partida es una afirmación del filósofo alemán Immanuel Kant: de todas las religiones públicas sólo la cristiana es una religión moral. Una religión que se interesa por la buena conducta en la vida, que ordena hacer, que subordina el saber y separa de él. Y en la que no se requiere saber lo que Dios ha hecho por la salvación sino saber lo que se debe hacer para merecer su auxilio. Esta es la forma en que Kant define la “moral reflexiva”. Una fe que como no está supeditada a una revelación histórica, coincide con la racionalidad de la razón pura práctica, además de que favorece la buena voluntad más allá del saber, al tiempo que se opone a la fe dogmática, que al pretender saber, ignora la diferencia entre la fe y el saber. Un pensamiento que permite que la moralidad pura y el cristianismo resulten indisolubles, tanto en su esencia como en su concepto. Porque no hay moralidad pura sin cristianismo.

De aquí que la ley fundamental de la razón práctica pura, es decir, la universalidad incondicional del imperativo categórico kantiano es evangélica: “Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como principio de una legislación universal” (Kant, Crítica de la razón práctica, Losada, 1961:36). En consecuencia, la ley moral se inscribe en nuestros corazones como una “memoria de la Pasión”. Entonces, para conducirse de forma moral es preciso hacer como si Dios no existiera o nuestra salvación le tuviera sin cuidado, e incluso nos hubiera abandonado. Una experiencia que responde a la pregunta desesperada que Jesús hace en la cruz: “Padre ¿por qué me has abandonado?”. Un “postulado de la razón práctica”. La responsabilidad racional y la filosófica; la experiencia terrena del abandono. En realidad la única forma que tiene el cristiano de responder a su vocación moral es soportando la muerte de Dios, desde luego, más allá de la Pasión. Por ello el cristianismo se funda en la muerte de Dios: Esto es lo que anuncia Kant a la modernidad de las Luces. Sólo el judaísmo y el islam —los últimos monoteísmos— rechazan la muerte de Dios (la Pasión). Una cuestión que tiene algo qué decir a nuestro tiempo: la mundialatinización (la alianza del cristianismo, como expediente de la muerte de Dios, con el capitalismo teletecnocientífico).

Hay pues una sola luz: la luz de la revelación y la luz de la razón. El libro de Kant, alumbrado en la Luces, La religión dentro de los límites de la mera razón (Zeus, 1972), también habla del “mal radical”, que provoca el retorno moderno y posmoderno de fenómenos que hablan del “mal radical”. Pero hoy, la mundialidad tele-tecno-media-científica, capitalista y político-económica, hace del retorno de lo religioso un fenómeno muy complejo, pues se dirige a la destrucción radical de lo religioso (lo romano y lo estatal, los fundamentalismos o integrismos no cristianos, las ortodoxias protestantes y católicas). La religión está ligada a la abstracción de la máquina, la tecnocracia y la trascendencia teletecnológica. Por ello es preciso pensar en todas estas abstracciones que ligan a la religión con el ciberespacio, la digitalidad, el espacio virtual y los temas del mercado global, o como le llama Eugenio Trías “el Casino Global”: la economía mundial que nos es impuesta. Ya que hoy religión sufre a la vez de un antagonismo reactivo y una posición reafirmante: la fe y el saber, la creencia y el crédito, el acto de fe y la tecnociencia (el capitalismo fiduciario), actúan de común acuerdo en donde hacen nudo su alianza y su oposición (Derrida, “Fe y saber. Las dos fuentes de la “religión”, La Flor, 1997:9-10).

El retorno de la religión, como afirma Derrida, sólo sorprende a quienes parten ingenuamente o tal vez inconscientemente del desconocimiento de la oposición religión/razón. Pero la luz de la razón no se opone a la de la fe. No olvidemos que la iglesia católica, a través de la encíclica Fides et Ratio (Fe y razón) de Juan Pablo II, entra en diálogo con este pensamiento filosófico, asumiendo que la fe no es suficiente sino que requiere de la razón. Porque en realidad la luz no es separable de la religión.

La luz (phos) emana justo ahí donde está arkhé (principio que manda y ordena el nacimiento del discurso filosófico y de la revelación: posibilidad originaria de manifestación, próxima a la única fuente de luz. En realidad la luz de la razón y la de la fe son alumbradas por una revelabilidad más originaria que la revelación, independiente de la religión.

Para Derrida, la religión es la respuesta, pues no hay respuesta sin principio de responsabilidad: responder al otro, ante el otro, y de sí. No hay responsabilidad sin fe jurada, sin juramento, sin compromiso, sin sacramentum. El empeño de una promesa jurada, pone a Dios como testigo, incluso sin ser nombrado, en la promesa del compromiso laico, el juramento lo produce, lo invoca y lo convoca, presencia y ausencia. Sin Dios no hay testigo, atestación ni testamento. Dios es el testigo presente-ausente de todo juramento o compromiso posibles.

Derrida insiste. Nos engañaríamos con el “retorno de lo religioso” si seguimos oponiendo la razón a la religión, la modernidad tecnocientífica a la religión. El desarrollo de la razón crítica y tecnocientífica no se oponen a la religión, la soportan y la suponen. La religión y la razón tienen la misma fuente: el compromiso testimonial que incita a responder ante el otro de la tecnociencia. La misma fuente es la única que se divide y se opone a sí misma: la fe y la razón. Estamos ante un proceso de indemnización sacrificial que intenta restaurar lo sagrado que ella misma amenaza.

La religión, en realidad ha estado, está y estará en el curso incluso de una apropiación imperialista desde hace siglos, en el derecho internacional y la retórica política mundial. Todo el vocabulario religioso: el culto, la fe, la creencia, lo sagrado, lo santo, lo salvo, indemne, son conceptos cristianos. Pero la religión no sigue ya el movimiento de la fe en Dios; su relación esencial con la fe en Dios no es algo de suyo. Inversamente, toda fe jurada no se inscribe en una religión, a pesar de que en ésta se cruzan dos experiencias religiosas: 1) la creencia (el crédito, lo fiduciario, lo fiable, el fideicomiso) y 2) la experiencia de lo indemne, la sacralidad o la santidad. Hay que distinguir estas dos fuentes de lo religioso. Se pueden asociar pero nunca confundir. Es posible estar en presencia de lo sacrosanto sin poner en obra la creencia, la fe, como asentimiento al testimonio del otro, inversamente si este asentimiento de la fianza conduce más allá de la presencia de aquello que se dejaría ver, tocar, que ya no sería sacralizado. Ya se trate de sacralidad o de fe, el otro hace la ley, la ley es el otro/a y es llegarse/rendirse al otro. A cualquier otro y al radicalmente otro. Se trata de dos fuentes distintas de la religión, que simboliza su elipse (la fe y lo sagrado), abarcando ambos focos, más porque a veces silencia su irreductible realidad. Cualquiera que tome partido en el debate del retorno de lo religioso —dice Derrida— debe recurrir a esta elipse y sus dos focos (la fe y lo sagrado).

Pero la salvación —advierte Derrida— tanto de lo sano y lo santo, también de la salud, se encuentra en la paradoja de una nueva alianza entre lo teletecnocientífico y las dos fuentes de la religión (la fe y lo sagrado). Por eso siempre se podrá criticar una forma de sacralidad o de creencia, incluso de una autoridad religiosa, en nombre de lo más originario, la fe, el testimonio, la fidelidad, la revelación o las tablas de la ley. Este sería el lugar, antes o después de todas las Luces del mundo, la razón, la crítica, la ciencia, la teletecnociencia, la filosofía, que conservan el mismo recurso que la religión en general.

Más allá de la cultura, la experiencia del testimonio sitúa la confluencia de las dos fuentes de la religión: lo sagrado y lo fiduciario (el crédito o la fe). Esta última no está libre de la técnica y la calculabilidad, pues coexiste con todo vínculo social, con todo saber, toda realización tecnocientífica, en sus formas artificiales, proféticas, calculables.

Por ello, en compañía de Derrida, frente a un amenazante horizonte nacional y mundial, debemos salvarnos con todas las Luces de la Fe y la Razón, cual imperativo ético, aunque Dios no exista o nos hubiera abandonado.

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