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Las obras de Obrador

No fue ésta, la de 2018,
la primera insurgencia electoral en México,
pero sí la primera que obligó
a quienes controlan los hilos del poder
a reconocer que les sería más peligroso resistir
que aceptar la derrota.
                    Lorenzo Meyer, La rebelión del México profundo.

 

Lorenzo Meyer, en su reciente artículo, La rebelión del México profundo, publicado en varios diarios, aunque no menciona las diversas lecturas sobre las masas, descarta que se pueda interpretar la reciente rebelión electoral desde la Rebelión de las masas (1930),  (Ortega y Gasset, La rebelión de las masa, Alianza, 1993), porque se trata de un manifiesto de las élites contra el acenso de las clases populares al filo de la primera postguerra mundial, el bolchevismo, el sindicalismo, el fascismo y la Gran Depresión Económica. Porque las rebeliones de las masas de la Independencia de México y de la Revolución Mexicana, fueron relegadas a la periferia de la sociedad.

Permítanme recordarles que  la palabra “pueblo” —como advierte Giorgio Agamben— siempre  excluye a los pobres, a los desheredados de la tierra, pues un mismo término designa al sujeto político como a la clase que está excluida de la política, de facto, de hecho más no de derecho. Tanto popolo, en italiano, peuple en francés y pueblo en español, tienen un mismo significado común y político: el cuerpo político unitario (popolo italiano) y las clases desposeídas, el hombre del pueblo (homme du people, people y pueblo), diferente y opuesto a los ricos y a la nobleza. Así, cuando el primer presidente republicano de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, demanda un “Government of the people by the people for the people” (Gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo), introduce una sospechosa repetición que contrapone otro pueblo al primero, cuando se pretende reivindicar la soberanía popular, por compasión al pueblo desposeído, que también conservó la Revolución Francesa.

Por ello, la filósofa alemana Hannah Arendt, recuerda que la palabra pueblo nace de la compasión, y es sinónimo de desgracia e infelicidad. Desde entonces, las élites al poder y el pueblo a creer que el gobierno es “¿por el pueblo, para el pueblo y con el pueblo?”. Se entiende por qué causaron pasmo ciertos personajes del gabinete de Obrador: Miguel Torruco, consuegro de Carlos Slim, para Turismo; Marcos Fastlicht, suegro de Emilio Azcárraga, como Asesor de Seguridad; Esteban Moctezuma, cercano colaborador de Salinas Pliego, para Educación (no quiero decirles lo que va a pasar con esta nominación). Y la misma desagradable sorpresa en la Plaza de  Huatulco, en un mitin de reclamos contra impresentables candidatos que desplazaban a sus seguidores desde 2006 y las bases de Morena: “¿Todos los que están aquí quieren puestos? ¡Vayan al mercado, ahí hay un montón de puestos!”. Sólo por darle el beneficio de la duda, recordemos que el mismo Vladimir Lenin advierte, desde su Qué hacer, que no es posible el purismo en ninguna “lucha revolucionaria”.  Como dices los campesinos. Viendo es como se ve”.

Lorenzo Meyer opta por la lectura antropológica de la reciente rebelión electoral (Bonfil Batalla, México profundo. Una civilización negada, Conaculta, 1987), para  interpretar que el triunfo contundente de la izquierda este 1° de julio de 2018, es un intento triunfante no de las masas sino de la nación profunda, de romper el cerco de hierro de las élites en torno a la presidencia desde el fin del cardenismo en 1988.

Al triunfo electoral pacífico de Andrés Manuel López Obrador, con orientación hacia la izquierda que, en palabras didácticas de Adolfo Sánchez Vázquez “la izquierda es la igualdad”, le anteceden luchas y cruentas represiones: 1968; 1971; las guerrillas de los 70s; el EZLN, 1994;  Aguas Blancas en 1995; Atenco y APPO 2006; Oaxaca 2016 y el Estado de México y Coahuila 2017, entre las más destacadas.

Parafraseando a Lorenzo Meyer, la rebelión de las masas de este pasado 1° de julio no es para imponer la mediocridad sino para erradicar la  violencia, la criminalidad, corrupción y la impunidad, regenerar el tejido social y rehacer la institucionalidad derrumbada, o como diría en su momento Granados Chapa, o sin cimientos.

Un triunfo que tiene que ver con un liderazgo ciudadano y popular ejemplar y a toda prueba, aunque en momentos de duda perturbe el pensamiento del filósofo y psicoanalista francés, Gérard Pommier: “Cuando no hay un líder auténtico la masa lo tiene que inventar, para no sufrir la terrible angustia imaginaria de la disolución social (Pommier, Freud, ¿Apolítico?, Nueva Visión, 1987).

La tercera fue la vencida. Debido al hartazgo del pueblo despojado y desheredado de la tierra, al obsceno dispendio de los recursos públicos por parte de políticos carentes de virtudes y a un cambio de estrategia: 1) alianzas con rancios militantes del PRI, perredistas y panistas, además de un partido confesional (que pronto reprueban Elena Poniatowska y Jesusa Rodríguez), al tiempo que reivindica el laicismo de los liberales del siglo XIX, pero que la base de Morena se lo tolera, o le da el beneficio de la duda, como el resto de sus decisiones, ¿más lo que se sume?; 2) ruptura con la tradición de izquierda, desde declararse cristiano por el mensaje evangélico a los pobres, hasta declarar, tras su triunfo, en el corazón de México, que los líderes de izquierda que se habían ido, estaban en el cielo, celebrando el triunfo; 3) la aceptación en las filas de Morena de enemigos pertinaces, a los que no sólo perdonó sino que encumbró, como Germán Martínez, primero nominado como Senador Plurinominal y al final como ¡¡¡ Director del IMSS!!!, a pesar de su conservadurismo, su bajo perfil y “¿el cobro del favor?”, que reprueba en un reciente twitter Julio Hernández, Astillero  (¿un presente para Michoacán?, … en la nueva del Dirección del IMSS y 4) la integración de impresentables como Sosa Nostra en Hidalgo (Proceso. 13/05/2018).  

Después de renunciar al PRD en 2012, a tres años del registro del partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) o “La morenita” para los píos aliados, contando también con el gran capital político de la desaprobación del gobierno de Enrique Peña Nieto (por sus reformas impopulares, la violencia exponencial, la corrupción y la impunidad, el estancamiento económico y los impresentables gobernadores del Nuevo PRI, concluidas las precampañas, todo estaba alineado: el balero para el capirucho, adhesiones inesperadas y la mayoría de las encuestas a la alza.

Justo después de que, como lo llamé en un artículo de La Jornada Michoacán, “El Tribunal de Barandilla”, valida el triunfo de Peña Nieto (9/09/2012), Obrador empieza a construir su Tercera Candidatura. Desde entonces, el traslado del PRD a Morena, fue constante. Pero tras el registro del partido, el flujo de perredistas y priistas se desbordó. Y no se diga cuando la mayoría de los políticos de todos los partidos supieron que era inminente que ganaría la Presidencia de la República. Para algunos, el beneficio de la duda, para otros, inevitable concluir que no corrieron a sumarse por congruencia, sino porque están acostumbrados a disfrutar de lo que creen que es “el poder”.

En este escenario, para consumar la lucha de la izquierda iniciada al lado de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y Heberto Castillo en 1988, por el bien de México, Obrador concretó la Alianza Juntos Haremos Historia: Morena, Partido del Trabajo y Partido Encuentro Social.

Obrador, y sus obras, su credo y su creencia: “Todo el que está en el PRI, pero se arrepiente de lo que hizo mal y decide pasarse a Morena, puede ser perdonado. Al momento que sale del PRI, se limpió” (Obrador, Villermosa, Tabasco, 2 de febrero de 2016). ¡Qué bueno que ni Obrador ni la mayoría de l@s mexican@s saben algo sobre las estructuras subjetivas perversas, que sólo se sostienen trasgrediendo la ley! Aunque esto no debe preocuparnos demasiado, pues enseña Platón en la República: “Como no nacimos buenos, por eso inventamos las leyes”.  

Son tiempos de perdón, reconciliación y rescate de la Patria —esta es una de sus destacadas obras— acompañado de lecturas bíblicas, más frecuentes y sin respetar el Estado Laico, tras la alianza con el partido confesional y conservador el PES, adverso a los derechos humanos, las libertades ciudadanas, los temas de género, la diversidad sexual, y ni se nombre la eutanasia. Pero un aliado con el que logra una desbordante votación en Morelos, como reza Cuauhtémoc Blanco, en la reciente recepción de su Carta de Mayoría: “Como resultado de la  Justicia Divina”.

Las obras de Obrador, que son más de las que puedo consignar aquí, no sólo son sus 16 libros, siempre mensajes políticos y coyunturales a la nación, desde “Un proyecto de Nación”, pasando por “La mafia nos robó la presidencia” y “Oye, Trump”, hasta “2018 La salida, Decadencia y renacimiento de México”, sino que a ellos se suman las obras que dejó en el entonces DF, como Jefe de Gobierno, como la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 16 escuelas preparatorias, programas sociales y el Segundo Piso del Periférico (que se convirtió en el polémico espectacular, por su larga duración). Pero la más grande obra de Obrador, tal vez es no dejar de alimentar la esperanza del pueblo de México. Porque, como canta el poeta romántico Johann Wolfgang Goethe: “No hay futuro sin esperanza”. Y el filósofo moderno Walter Benjamin lo confirma: “¿Para quién es la esperanza, si no es para los desesperanzados?”.

 

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