HomeOpinión 3.0Marichuy y el número de firmas

Marichuy y el número de firmas

David Pavón-Cuéllar

La vocera del Congreso Nacional Indígena (CNI), la médica nahua tradicional y defensora de los derechos humanos María de Jesús Patricio (mejor conocida como Marichuy), debe recabar casi un millón de firmas para poder participar como candidata independiente en las próximas elecciones para la presidencia de México. Sus seguidores buscan firmas por todos lados. Las piden a transeúntes, vecinos, familiares, amigos, compañeros de lucha, colegas de trabajo y asistentes a los eventos que organizan. Y, por más que se afanan, quizás no lleguen a reunir el número de apoyos que necesitan.

Se ha discutido ampliamente sobre la importancia del número de firmas. Hay quienes piensan que esto es ahora lo más crucial en la batalla contra el capitalismo. Son los mismos que se encuentran desconsolados ante lo pequeños que suelen ser los mítines de Marichuy.

Es verdad que los seguidores de Marichuy son tan poco numerosos como los firmantes. Y los votantes, de haberlos, no tendrían por qué ser más numerosos. Falta un mayor número de todo para ganar cualquier partida en la contienda electoral.

Ciertamente, al entrarle al juego del capitalismo y de su democracia liberal, el número importa e importa mucho. La cantidad de seguidores, firmantes y votantes resulta sin duda tan decisiva como la cantidad de pesos con la que se cuenta. Lo que permite captar, cooptar y comprar votos es lo mismo que permite simplemente contabilizarlos. Todo se ve reducido a cálculos contables. El carácter puramente cuantitativo de la economía capitalista imprime su funcionamiento numérico a la política y a todas las demás esferas del mundo que nos rodea.

En el mundo gobernado por el capitalismo, se juega y se gana con cifras, cantidades, números de pesos, bonos, puntos, presupuestos, calificaciones, rankings, diplomas, publicaciones, auditores, amigos, seguidores, likes, ventas, asistentes, contactos, manifestantes, votantes, firmantes, etc. De ahí que el número de firmas esté preocupando tanto a quienes apuestan por el proyecto de Marichuy. ¿Pero acaso este proyecto no es anticapitalista? ¿Por qué debería ceder entonces al actuar según el funcionamiento cuantitativo del capitalismo? La respuesta es muy sencilla: porque el sistema capitalista impone tal funcionamiento hasta el punto de que todo, incluso lo anticapitalista, debe operar cuantitativamente para poder existir.

El afán de supervivencia por el que el CNI se lanzó a recabar cierto número de firmas es el mismo por el que centenares de miles de campesinos van diariamente al mercado a cambiar lo incuantificable por cantidades monetarias. Y así como ciertos indígenas consiguen mantenerse firmes en su desinterés tan hondo hacia el dinero mismo que necesitan para sobrevivir, así muchos de los miembros del CNI se nos muestran profundamente desinteresados hacia el número de firmas que deben conseguir para subsistir en la esfera política institucional.

El desinterés de Marichuy y de otros del CNI por el número de firmas causa la mayor estupefacción entre algunos de los auxiliares que se desviven por obtener más y más apoyos. Los buscadores de firmas se preguntan de pronto, desconcertados, por qué deberían atormentarse con el número de firmas si al final el número no es lo importante. Quizás pueda responderse que habrá sido para que este número deje de importarles que han debido atormentarse con él.

Recordemos el cómic V de Vendetta de Alan Moore y su famosa adaptación cinematográfica. Así como Evey Hammond tenía que ser torturada por el enmascarado “V” para que la tortura ya no le importara, de igual modo los buscadores de firmas deberían atormentarse con este número para que al final el mismo número ya no les importe. Se requiere aquí del número para liberarse del número, para escapar así de la dimensión propia del capitalismo y del mismo sistema capitalista, por la simple razón estratégica de que no puede salirse del sistema sin salir desde su interior.

Hay que entender bien que las firmas y el juego electoral no representan una concesión y claudicación del zapatismo y del movimiento indígena, como se les ha interpretado con demasiada facilidad, sino que son una puerta de salida que se ha debido abrir en el espacio falsamente democrático del sistema capitalista. Son una puerta para que los de adentro salgan y se encuentren con los de afuera. Son la ocasión de un encuentro entre las víctimas del capitalismo en su interior y en su exterior. Son esto al menos para quienes han comprendido la radicalidad anticapitalista de la propuesta del CNI.

El anticapitalismo de Marichuy hace que el número de firmas no sea lo verdaderamente importante. Lo que de verdad importa no es cuántas firmas se juntan, sino juntarse para juntarlas, buscarse para buscarlas, organizarse y movilizarse para lograr lo imposible: no cierto número de firmas, sino un mundo en el que el número ya no sea lo importante. Este mundo es el mismo en el que se respeta lo único y lo minoritario, ya que se busca el consenso y no la mayoría. Es también un mundo en el que se actúa desinteresadamente, se desprecia cualquier ambición política,  la democracia es real y no representativa, se manda obedeciendo, un gobernante sólo es un vocero y el poder se ejerce desde abajo y no desde arriba. En semejante mundo, entonces, llegar arriba para ejercer el poder es en el fondo tan irrelevante como juntar el número de firmas necesarias para llegar arriba.

El mundo al que me refiero, imposible según la despiadada lógica del mundo capitalista, no deja por ello de ser un mundo real que se mantiene vivo en ciertas comunidades indígenas y en otros bastiones de resistencia que se descubren o se redescubren unos a otros a través de la campaña de Marichuy. Es un mundo quizás fragmentado, pero que existe realmente desde siempre, desde antes del capitalismo, aunque ahora, en tiempos capitalistas, deba luchar encarnizadamente para subsistir. Esta lucha, la de Marichuy y su movimiento, se ha vuelto anticapitalista por volverse contra eso por lo que se ve amenazado el mundo por el que se lucha.

El mundo por el que Marichuy y los suyos luchan, el mismo por el que los zapatistas se levantaron en armas en 1994, es uno en el que lo importante no son los números de pesos, votantes, firmantes y seguidores. Lo que importa no radica en el número, sino en lo indignamente numerado, en la comunidad, pero también en la vida, en el mundo, en la tierra y en todo lo demás que irremediablemente se destruye al desintegrarse, al despedazarse para contarse y contabilizarse y así rentabilizarse y explotarse.

La devastación de todo lo que somos y todo lo que nos rodea es lo que el sistema capitalista realiza de manera cada vez más violenta y vertiginosa. La resistencia parece insuficiente. Los firmantes y los seguidores escasean, pero no debería importar hasta llevar al desánimo. Basta el ánimo de unos pocos para mantener vivo el mundo en el que habitan: esa flama que el capitalismo no ha conseguido apagar.