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Más allá de la violencia intrafamiliar

Desconfío de la incomunicabilidad,
es la fuente de toda violencia.
Jean Paul Sartre

I

Familia es una palabra castellana que procede de la voz latina famulus y cuyos sentidos nos dejan pasmados: sirviente, esclavo, cautivo, prisionero, que no deja de recordar el estigma de la dependencia, la servidumbre y las relaciones de poder y dominación que todavía sufre la familia. Hasta el siglo XVII, en el alba de la modernidad ilustrada, racionalista y científica, la palabra familia designa a un grupo de parientes consanguíneos que con relaciones de parentesco y anclado en la cultura es indispensable hablar del lenguaje, que no va sin la inteligencia y la conciencia de la muerte, además de ser lo único que nos diferencia de los animales. Como dice Sócrates en la República: “Todos los cuestiones de la polis son asuntos de ley, es decir de lenguaje”.

La familia —dice Frida Saal— sufre un destino parecido al del lenguaje. Cuenta la leyenda que al esclavo y fabulador griego Esopo, su amo lo manda al mercado a comprar el manjar más exquisito que encuentre. Y Esopo le trae una lengua, pues es lo más sublime del hombre, madre de la poesía y la filosofía, la religión, la ciencia y el amor; sólo las palabras de la madre arrullan al bebé y le permiten dormir; las palabras de los que amamos, los amigos y los maestros son eternas compañeras. Entonces el amo le pide a Esopo que le compre lo peor que encuentre en el marcado; y Esopo le trae una lengua; porque la lengua es la responsable de las más grandes calamidades, pues con ella se puede calumniar, encender el odio, la envidia, los celos y desencadenar guerras entre hermanos, amigos y pueblos.

Como la lengua de Esopo, la familia, a lo largo de la historia es objeto de elogios o injurias. La familia está en el centro de las más ardientes polémicas y su crisis, disfunción o muerte es anunciada pero nunca concretada. Tal vez porque es en el seno de la familia donde el cachorro humano es bañado por la amorosa lengua materna, para que entre sin grandes sobresaltos en la cultura.

La novela El Evangelio según Jesucristo del escritor portugués José Saramago, también evoca la disfunción familiar de la Sagrada Familia, pues los sacerdotes del Templo no le creen a María que está preñada del Espíritu Santo, además de que deben salir huyendo porque el tirano Herodes va a degollar a todos los niños para librarse del Rey que lo destronará. Se trata de una historia donde el padre desaparece después de que Jesús enseña a los sacerdotes en el templo, a sus escasos 12 años de edad.

En la tragedia griega de Sófocles, Antígona, Polinice y Etéocles, hijos del incesto entre Edipo y Yocasta, al enfrentarse por el trono mueren en el combate. Creonte, hermano de Yocasta, madre y esposa de Edipo, asalta el poder, y prohíbe el entierro de Polinice (traidor a la patria) y ordena honores para Etéocles (defensor del reino). Antígona e Hismena, también hijas del incesto, entran a escena comentando las órdenes del tirano. Antígona decide sepultar a su hermano; Hismena teme la cólera del déspota. Cuando Creonte comunica al coro sus órdenes, entra un centinela denunciando que Antígona ha cubierto el cadáver de Polinice con polvo. Pronto aparece Antígona escoltada por el centinela. Y Creonte dicta una ley terrorífica: quien intente sepultar a polinice será enterrado vivo, en una tumba que no haya sido pisada por ninguna huella humana. Antígona, aunque duda ante el tirano y siente frío ante la muerte, impugna sus decretos: “No fue Zeus el que los ha mandado publicar, ni la Justicia que vive con los dioses de abajo la que fijó tales leyes para los hombres. No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Éstas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de donde surgieron. No iba yo a obtener castigo por ellas de parte de los dioses por miedo a la intención de hombre alguno” (Sófocles, “Antígona”, Tragedias, Barcelona, Gredos, 2000:93).

Y el tirano, autoritario, como no es autoridad, se asume como legalista y se enfrenta a los efectos de sus órdenes. Un amo que monta en cólera ante su posible error. Antígona es enterrada viva, mientras Hemón, hijo de Creonte, acusa a su padre de soberbio. Un alegato por el que Creonte pretende matar a Antígona en presencia de su prometido, que escapa jurando no dejarse ver de su padre vivo. El coro y el ciego augur de Tiresias desentrañan el carácter de Creonte, que provoca el horror. Despedido Tiresias de malos modos, se aleja prediciendo grandes males, que suceden al tiempo que habla: “Por ello, las destructoras y vengadoras Erinias del Hades y de los dioses te acecharán para prenderte en estos mismos infortunios. Considera si hablo sobornado. Pues se harán manifiestos, sin que pase mucho tiempo, lamentos de hombres y mujeres en tu casa. Están unidas contra ti en una alianza de enemistad todas las ciudades cuyos cadáveres despedazados encontraron enterramiento en perros o fieras, o en cualquier alado pajarraco que transporte el hedor impuro por los altares de la ciudad” (Sófocles, “Antígona”, Tragedias, Barcelona, Gredos, 2000:117).

Antígona se suicida en la tumba, cuando Creonte ordena liberarla y sepultar el cadáver de su hermano polinice. Pero Hemón, al ver a su amada y prometida muerta, se clava su propia espada. Y cuando Creonte vuelve abrumado al palacio, encuentra que su esposa también se ha suicidado, porque no soporta perder a su hijo. Antígona, vencedora de la muerte, heroína trágica, se eleva como paradigma poético y político de la literatura universal. Según Georg Stainer, autor del libro Antífonas, recuerda que la primera vez que se representó la tragedia de Antígona, el público le ofreció a Sófocles el gobierno de la ciudad.

Para hablar de familias disfuncionales tal vez habría que empezar por la Sagrada Familia, que después de ser expulsada del paraíso por la trasgresión de Eva y la complicidad de Adán, no sólo está condenada al trabajo y al dolor, sino que por la enemistad de sus hijos, Caín mata a Abel, y es condenado a errar hasta el fin de los tiempos y a fundar ciudades. Lo que recuerda que el nacimiento de las ciudades está manchado de sangre, como la leyenda de la fundación de Roma, donde Rómulo asesina a Remo (Eugenio Trías, La política y su sombra, Anagrama, 2005).

Carlos Marx y Sigmund Freud, para dar cuenta del origen de la familia, la propiedad privada y la lucha de clases, además de la represión sexual y el sometimiento a los amos, crearon dos mitos modernos. Marx el mito de la horda primitiva que es explotada por un Pater Familia que pone a trabajar a los hijos y les expropia todos los productos de la caza, la recolección y la tierra, por lo que es asesinado. Freud inventa el mito de Tótem y tabú, en el que un mono cretino se apropia de todas las hembras y se las prohíbe a sus hijos, y que también es asesinado, pero devorado en una fiesta totémica, que según Freud es reeditada cada vez que se come del dios, sea de maíz o de pan. Para Marx y Freud, la cultura se levanta sobre un asesinato primordial. Razón por la que el filósofo español Eugenio Trías interpreta que en el origen de la cultura hay una falta, caída o crimen moral contra lo sagrado, que no debió ser mancillado, y que produce culpa, que conduce al culto, pues no hay cultura sin culto, a los dioses o a los héroes, de donde se despliegan todas las artes: el templo (la Arquitectura), la música y la literatura (los libros sagrados, los salmos y las plegarias), la escultura y la pintura de las divinidades y la danza.

II

La violencia excluye al Otro, el diferente —identificado con el mal— que debe ser segregado: “No conozco sino un solo origen de la fraternidad —digo humana, siempre el humus—, es la segregación. […] Simplemente en la sociedad […] todo lo que existe está fundado sobre la segregación y, en un primer tiempo, la fraternidad” (Lacan, L´envers de la psychoanalyse, Paris, du Seuil, 1991:132). La segregación es la fascinación insoportable que ejerce el goce supuesto al Otro, este Otro encarnado míticamente en Freud por el padre primordial que debe ser segregado del clan de los hijos para poderlo fundar.

Una relación del yo con el otro que pertenece al registro imaginario. Un contexto en el que el otro funge como nuestro espejo, y donde hay un mal que amenaza al yo: el otro, el semejante como espejo. El otro se percibe como el mal, pues es y a la vez no es yo: porque es semejante y puede ser yo, porque no es “idéntico” y hace presente esa “pequeña diferencia” que crispa la rivalidad narcisista, que tenderá a resolverse en la agresión que es también autoagresión.

Estamos ante un modo imaginario de relación que se caracteriza por el desconocimiento de sí, que percibe en el otro la causa del desorden del mundo, y que tiende hacia una acción suicida, pues pretende eliminar el mal que está en el otro golpeando la propia imagen. Un desconocimiento de sí que lleva a poner en el otro el kakón (el mal), que no puede percibir en sí mismo: “lo que el alienado trata de alcanzar en el objeto al que golpea no es otra cosa que el kakón [el mal] de su propio ser […] Como el yo coloca el mal en el otro, la resolución de la tensión es suicida: “[…] ese imbécil de su rival se le presenta como su propia imagen en el espejo. Las palabras de furia que lanza entonces dejan traslucir patentemente que busca golpearse a sí mismo” (Lacan: “Acerca de la causalidad psíquica”, en Escritos 1, Siglo XXI, México, 1995:165).

La agresividad va de la mano del yo narcisista que sólo existe si se ve en el otro, porque ese otro, el semejante, le arrebata la existencia. Pero, ¿con este modo imaginario de la relación del yo con el otro, existe alguna posibilidad de coexistencia pacífica de ambos?

Sí, una coexistencia que sólo es posible por la función simbólica que se concreta en el pacto como prenda de paz. Porque el símbolo es lo que media entre dos partes y posibilita el reconocimiento. Se trata del papel mediador de la palabra, como símbolo por excelencia que instituye el acuerdo, que puede evitar el enfrentamiento a muerte. “El primer el hombre —dice Freud— que lazó una injuria en lugar de una lanza, fue el inventor de la cultura”. Porque el símbolo cumple una función pacificante, como un tercero entre dos partes: “[…] en las proposiciones por las cuales abro con él (el otro) una negociación de paz, es en un tercer lugar, que no es ni mi palabra ni mi interlocutor, donde lo que ésta le propone se sitúa. Este lugar no es otra cosa que el lugar de la convención significante” (Lacan: “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón después de Freud”, Escritos 1, México, Siglo XXI, 1995:505).

Porque la violencia no estalla cuando algo se pierde en la realidad sino cuando “hay demasiado”. Las manifestaciones verbales que la desencadenan señalan ese “haber”: “hay demasiado de «eso»”, “ya es el colmo”, “esto es excesivo”, “ya es un exceso de corrupción e impunidad”, que llamamos lo inmundo. Para que la violencia se desate es preciso que eso tenga sustancia, para que la violencia se descargue y realice la catarsis, que reinstala la falta indispensable.

La violencia es contra lo insoportable del exceso, que se le supone al Otro, en primera instancia hacia las mujeres, madres y niñas. Expresión del odio a la diferencia, a lo absolutamente Otro, lo diferente: lo femenino, pero que también está en los hombres. Lo dice Lacan: “[…] el odio es ciertamente lo que más se aproxima al ser, lo que llamo el ex-sistir. Nada concentra más odio que este decir donde se sitúa la ex-sistencia” (Lacan, Encare, du Seuil, Paris, 1975:110).

El odio se dirige a esta diferencia indecible. Por esto el objeto del odio es indestructible: a más se pretende destruirlo más intensamente logra consistencia. Por ello el objeto del odio es indestructible.

La violencia es consecuencia de la presencia de lo in-mundo en el mundo. El psicoanálisis revela que uno de los nombres de lo in-mundo refiere al mundus latino: la mujer. Si la mujer requiere de adornos para estar en el mundo, es porque en sí misma ella es lo in-mundo por excelencia. Lo que permite comprender por qué ella es el objeto privilegiado de la violencia. El odio a la mujer —no sólo experimentado por los hombres, sino también por las mujeres— es consecuencia de la imposibilidad de aceptar la diferencia radical, por eso se la difama (Lacan, Encore, du Seuil, Paris, 1975:79). (Que la dit-femme “se la dice mujer”, homofónico con “se la difama”). Una diferencia insoportable que la convierte en objeto de adoración y violencia. La mujer, una fuente privilegiada de la familia.

III

El magnánimo Alfonso Reyes, filósofo y escritor mexicano (1889-1956), en su Cartilla Moral, que dedicó a la formación moral de los escolares mexicanos que nunca interesó a ningún Secretario de Educación en México, con deslumbrante sabiduría recuerda el sentido de nuestras vidas y todo lo que podemos hacer para ser mejores.

Una Cartilla Moral que recorre doce peldaños de la humanización de los hombres y las mujeres: 1) la moral y el bien, que recomienda educar para el bien, el amor y el respeto; 2) el cuerpo y el alma, que como Platón encomienda al ser humano ser obligado a poner de acuerdo el trote de dos caballos; 3) la civilización y la cultura: la primera cual conquistas materiales y descubrimientos técnicos, y la segunda como conquistas del saber y creaciones artísticas, que no deben oponerse sino complementarse, pues nacen del espíritu para el perfeccionamiento humano (Nobel, el sueco e inventor de la dinamita, no deseó jamás que su descubrimiento se usara para matar a los hombres, por eso instituyó el premio anual para científicos, escritores y pacifistas; 4) los respetos morales, que reconocen un bien superior a nuestro bien particular, que permite la permanencia de la especie humana, la armonía de la sociedad, la existencia de los pueblos y la recreación de la cultura; 5) el respeto a nuestra persona que, como los griegos, creadores del mundo cultural y democrático en el que todavía tratamos de vivir, consiste en la dignidad, que es la única que permite la indignación ante las vilezas ajenas, fundamento y principio de de la sociedad y la cultura; 6) el respeto a la familia, tras el respeto y la dignidad a la propia persona, como el mundo humano inmediato, un fenómeno cultural, que se funda en la ley de la prohibición del incesto, que como permite rebasar los apetitos sexuales gesta el amor y congrega en torno al hogar, la primera escuela, donde el ejemplo es el docente por excelencia, lo que la hace perdurable; 7) el respeto a la sociedad, que sólo es posible tras el respeto a la propia persona y el respeto a la familia; 8) la ley y el derecho, que es el respeto a la sociedad organizada en Estado, en gobierno con leyes propias, donde el gobierno no debe pervertir las leyes porque se pervierte y disuelve la sociedad y la cultura, desatando la violencia; 9) la Patria; 10) la sociedad; 11) la naturaleza y 12) el valor moral.

Por ello, más allá de la violencia intrafamiliar, en compañía de Alfonso Reyes, hay que apostarle al amor filial y al amor civil, como dice Platón en la República, el que todo lo reúne y lo congrega, y crea unidades cada vez más complejas.

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