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REVO.30

Michoacán ¿bárbaro?

La protección de los animales
forma parte esencial de la moral
y de la cultura de los pueblos civilizados.
Benito Juárez

Este 20 de mayo despertaron l@s Michoacan@s con otro cuento de terror: una perrita embarazada colgada de un árbol en la Colonia Isaac Arriaga de Morelia. La sabiduría popular y el psicoanálisis nos dicen que cuando un ser humano enfurecido con alguien le pega a una mesa, claro que no golpea a la mesa, sino que descarga su furia contra ese objeto porque no puede azotar a quien realmente quiere maltratar.

La escena de la perrita “embarazada”, ahorcada en un árbol, podría leerse superficialmente como un acto cobarde de quien quiere liberar una furia que no puede descargar en alguien que se la debe. O un odio a los animales aprendido desde la infancia de los adultos que le malcriaron.

Desde que leí la Poética (Aristóteles, “Poética” (siglo IV, a.e), Obras Completas, Aguilar, 1974), aprendí que la tragedia sólo se desencadena si no sabemos o no queremos leer los signos del camino, que nos guían para poder interpretar los sucesos que anuncian tormenta.

Entonces, si nos detenemos a leer los signos: perra, hembra, embarazada a punto de parir y ahorcada, ya no nos quedamos en la superficie. Por supuesto que la condición del animal, su indefensión, la ponía en riesgo y a merced, sin lugar a dudas de uno o varios psicópatas, con imperiosos impulsos de matar a una hembra embarazada, la representación de lo femenino por excelencia, cuya diferencia crispa el odio y el impulso de destrucción del psicópata, cuyo ego es tan grande que no cabe nadie más él en el mundo. En cuanto al ahorcamiento, mucho se puede decir, pero quedémonos con algo que es una constante: el que se cuelga es porque se experimenta colgado (dicen lecturas autorizadas del cordón umbilical) y no ha podido desprenderse, y el que cuelga, ahorca, se mira por proyección en su crimen.

Este es un asunto de gran calado, que no puede ser pasado por alto, pues atañe a la seguridad pública, a la moral pública, el bienestar social y hasta la estética pública. Porque si se deja pasar, no tardaremos de presenciar, debido a la delgada línea que separa el asesinato cruento de un animal al de un ser humano, crímenes de odio por doquier, propios de una sociedad bárbara, que los comete o es indiferente a la atrocidad. En suma, si quien asesinó de esta forma a la “perrita embarazada” está suelto o suelta, no sería extraño que pasara al feminicidio.

Con frecuencia las autoridades gubernamentales, se han burlado de la insistencia de las y los animalistas en la vinculación del maltrato animal con la violencia social, el asesinato, el genocidio y el feminicidio. Pero tengo tiempo siguiéndoles la pista a los psicópatas y hay una vinculación constante con el maltrato animal. Quién olvida a los niños de un barrio de Monterrey, de 6 a 15 años de edad, que se divertían prendiendo fuego a las casas de los vecinos ausentes, estando las mascotas adentro, y que ninguna autoridad hizo caso de las denuncias, hasta que apareció el menor, de seis años, macheteado y semienterrado en un riachuelo, “una tragedia nacional”, según la periodista Beatriz Pagés Llergo, que abría la pregunta “¿Qué hemos hecho o qué no hemos hecho? Como el niño de Monterrey, que saca una pistola de su mochila y cual pistolero profesional dispara sin fallar en las cabezas de sus compañeros y su maestra; y nadie pudo vincular a este pobre chico con el padre cazador, quien seguramente lo llevaba de cacería y lo había preparado para ser un pistolero infalible y un suicida. O Stephen Paddock, el multihomicida de Las Vegas, que disparó hasta el cansancio a la multitud antes de suicidarse, y al que ni El Pentágono, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, jamás encontró una vinculación con este magnicidio, cuando pronto se supo que contaba con varios permisos de caza mayor (sin terminar por vincular la caza al asesinato de personas, porque lo que se llama “la caza” es “un deporte”, y nada tiene qué ver con los deseos de matar. ¿De veras?

Michoacán, ¿culto o bárbaro? Como dice el filósofo alemán Peter Sloterdijk, desde los tiempos del Imperio Romano hasta nuestros días existen dos polos que a veces se radicalizan. Los romanos, creadores del derecho, contradictoriamente, son también los inventores de los anfiteatros, las peleas entre animales a muerte, al punto que cuando se acaban los animales del norte de África, ponen a luchar a muerte a los gladiadores, montan los espectáculos de ejecución, inventan la crucifixión, el gran espectáculo del Coliseo Romano, el más exitoso del mundo antiguo (medieval, moderno y contemporáneo), como una forma de distraer de los asuntos de la ciudad a las masas, con pan y circo, que se mantiene hasta la actualidad, para disponer de los impuestos y el poder. Y el homo inhumanus ruge en los estadios y las plazas de todo el mundo, como una técnica imprescindible de gobernar. Sólo pervive el humanismo como la resistencia de la cultura y el libro frente al circo romano y todos los espectáculos cruentos, como una fuerza generadora de paz y sensatez, que los romanos cultos, escritores y lectores llamaron humanitas (Sloterdijk, Normas para el parque humano, Siruela, 2000).

El pobre Toro de Zacán, los Toros Cebús de la Candelaria en Tlacotalpan, el clandestino torneo de lazo, los gallos y los toros, las peleas clandestinas de perros, todo está finalmente permitido, como parte de la tradición de la violencia o la violencia de la tradición, para que la agresividad no se desborde hacia las autoridades o todos estos espectáculos les permitan disponer de los impuestos y “el poder”. Pero ahora, no es posible, ante la promesas y esperanzas de la Cuarta Transformación, seguir haciendo foros por todo el país, buscando las causas de la violencia y las vías de pacificación, sin leyes justas y aplicables a nuestra cruenta realidad, políticas públicas y programas, que impulsen programas educativos y culturales que condesciendan en transformar la agresividad en creatividad. Una perspectiva que no se reduce a una lectura economicista de la violencia.

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