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El racismo y la relación de las comunidades indígenas con López Obrador

David Pavón-Cuéllar

Hay una sutil forma de racismo que se ha evidenciado varias veces en la historia de México. Es aquella por la que se piensa que siempre hay blancos y mestizos por detrás y por encima de toda organización o movilización de los indígenas, organizándolos y movilizándolos, dirigiéndolos o comandándolos, engañándolos y manipulándolos. Este pensamiento sólo puede sostenerse al presuponer tácitamente que los pueblos originarios carecen de capacidad para organizarse y movilizarse por sí mismos, que tienen una espontánea disposición a ser comandados y dirigidos por los otros, que son tales que se les puede engañar y manipular. Operarían siempre como títeres en manos de sus titireteros blancos o mestizos.

La forma de racismo a la que me refiero se manifestó de manera flagrante entre 1994 y 1995, después de la sublevación del EZLN, cuando varios políticos, periodistas e intelectuales insistieron en que los indígenas levantados en armas tan sólo eran los ejecutores de lo concebido por el entonces llamado Subcomandante Marcos, por sus compañeros de la ciudad y por curas o catequistas de la teología de la liberación. Aún hoy existe el rumor de que los zapatistas no han sido más que una maniobra de Salinas y de otros líderes blancos para quitarle votos a López Obrador. Ante semejantes expresiones de racismo, lo mejor es recordar lo que el Comandante David sostuvo firmemente un 21 de abril de 1995: “mienten los que hablan de esa manera, porque nosotros como indígenas somos capaces de organizarnos, somos capaces de dirigir nuestro propio destino, somos capaces de gobernarnos, somos capaces de organizarnos en muchas maneras; tenemos experiencia, tenemos capacidades, tenemos conciencias y tenemos dignidad que defender”.

Las palabras del Comandante David tendrían que recordarse hoy en día entre quienes, paradójicamente seguidores del EZLN, están aceptando y difundiendo la tesis de que los indígenas que entregaron el bastón de mando a López Obrador son un engendro “creado” por la cúpula del PRI y ahora son “movidos” por el “judío” Moisés Zonana. Pasando por alto el antisemitismo que tiñe la insistencia en la ascendencia del supuesto nuevo titiretero, debe subrayarse que los mencionados simpatizantes del zapatismo, que no son todos y ni siquiera una parte importante de ellos,  han puesto al tal Zonana exactamente en el mismo lugar en el que sus adversarios han colocado una y otra vez a Salinas de Gortari y al ahora Subcomandante Galeano. Es la posición reservada para los blancos y los mestizos. En cuanto a los indígenas, continúan apareciendo en el vergonzoso lugar de los manipulados, engañados, subordinados, conquistados, colonizados. ¡Ahora son hasta “creados” y “movidos” por sus colonizadores!

¿Por qué no aceptar la posibilidad de que los indígenas sean como los demás, puedan moverse libremente por sí mismos y a veces incluso manipular a quienes creen manipularlos? ¿Acaso todo esto no es obvio? ¿Por qué no pensarlo? Porque sólo será pensable cuando hayamos conseguido superar la situación colonial que nos impide pensarlo. Esta situación impone su lógica racista lo mismo a la derecha que a la izquierda e incluso tristemente a la izquierda consecuente y radical. Es la misma lógica por la que muchos simpatizantes de los zapatistas han hecho una tajante distinción entre, por un lado, los indígenas “auténticos”, y por otro lado, los de la Gubernatura Nacional Indígena (GNI) y otros colectivos que dieron el bastón de mando a López Obrador. Esto es llegar demasiado lejos: ya no sólo discriminar a los indígenas por serlo, sino por no serlo, es decir, discriminarlos tanto que hasta su carácter indígena se presenta como falaz, inauténtico, espurio.

Es muy cierto que la GNI tiene a varios integrantes no-indígenas, que ha sido repudiada por diversas organizaciones indígenas del país, que representa poco y que está usurpando la representatividad que se atribuye a sí misma. También es verdad que surgió en estrecha complicidad con el priismo y que su actual acercamiento al gobierno de MORENA resulta sospechoso desde varios puntos de vista. ¡Y desde luego que hay buenas razones para que alguien, como quien escribe estas líneas, tenga menos confianza en la GNI que en el Congreso Nacional Indígena (CNI)!

Incluso tenemos derecho a suponer que antes el PRI como ahora MORENA podrían estar instrumentalizando la relación con la GNI, pero a condición de aceptar otra posibilidad: que la GNI y las comunidades a las que representa, que las hay, también podrían estar instrumentalizando sus relaciones con los partidos políticos para obtener beneficios quizás a veces personales o grupales, pero igualmente comunitarios e incluso compartidos por todos los pueblos originarios, como se comprueba en su insistencia en el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés. Esto último es lo que le da toda su trascendencia histórica a la ceremonia de entrega de bastón de mando a López Obrador. Aunque la ceremonia tuviera una tonalidad un tanto efectista que nos recuerda el nacionalismo folclórico de Luis Echeverría y que nos remite a otra sutil forma de racismo, no deja de ser profundamente significativa por el momento en que ocurre y por la centralidad y visibilidad que devuelve a los pueblos originarios, los cuales, como sujetos de su historia y de su destino, pueden encontrar la manera de sacar provecho de la presente coyuntura e incluso instrumentalizar cualquier intento de instrumentalizarlos. Ya lo han hecho en el pasado y seguirán haciéndolo en el presente.

Además, nos guste o no, la historia no se repite. MORENA ya no es el PRI. López Obrador ya no es Echeverría Álvarez. Los pueblos originarios de ahora no son los de antes y sus complejas relaciones con el gobierno y con el resto de la sociedad mexicana pueden transformarse radicalmente.

La transformación puede realizarse por diferentes vías. Una vía es la del CNI. Es la que algunos preferimos, pero no es la única y tal vez tampoco excluya las demás. Quizás al final descubramos que vías diferentes conducían al mismo lugar. Es algo que ya ocurrió en el pasado. Es lo que sucedió, por ejemplo, cuando cierto camino, el de Emiliano Zapata, se reunió con el de Lázaro Cárdenas del Río. No hay que olvidar nunca ese reparto agrario, en el sexenio cardenista, de casi veinte millones de hectáreas de tierras, el mayor en la historia de México y uno de los mejores frutos de la Revolución Mexicana.